Aunque mis padres se separaron cuando yo aun era muy pequeño, en casa siempre viví la pasión de mi padre por los coches. El conducía de diario un Mini 1275 Gt preparado por Santiago Martín Cantero, un Mini que era mas un coche de competición, tampoco faltaron en casa coches tan excepcionales para la época como un Jaguar 420, un T Bird Landau de 4 puertas del 68, un Mercedes W111 280 3.5 SE Cabrio o un fugaz Aston Martin DB6, y digo fugaz porque cierto importador de coches de Madrid, tanto se encapricho del coche, que apenas pudo conservarlo una semana.

 

Rodeado de coches tan excepcionales creció en mi una pasión y gusto por los coches que aun conservo y aunque, el que luego fuera mi padrastro hizo todo lo posible por aislarme del mundo del motor, nunca pudo con mi pasión que conservaba en lo mas intimo de mí.

 

En aquella España de los 70 y los 80 el mundo del motor era muy reducido y apenas los Rallies nos daban satisfacciones a nivel internacional con Antonio Zanini, además de algún intento de Emilio de Villota en la Fórmula 1 con su Mc Laren M23 en el Jarama allá por 1977 o luego mas adelante con un Wlliams FW007. Poco a poco nuestra representación internacional fue creciendo en distintos campeonatos, hasta la llegada de Carlos Sainz que abrió las puertas del mundo del motor a los españoles. Yo por aquel entonces mataba el gusanillo y aprendía a conducir cogiendo por las noches el SEAT 1430 de mi madre, un coche perfecto para aprender, su tracción trasera y su ausencia de cualquier sistema de control te hacia desarrollar todas las habilidades de conducción, mas aun cuando se conducía por caminos de tierra y de noche, por aquel entonces estos caminos eran abundantes.

Fue durante el invierno del 81 que habiendo intentado y fracasado cursar estudios de náutica en Santander, pasé un año sin estudiar y dedicándome a sacar un dinero dando clases de tenis, mi otra pasión, por las urbanizaciones de Majadahonda, donde residía.

La cosa fue bien, muy bien y antes de cumplir los 18 años y gracias a mi padre pude hacerme con un Alfa Romeo tipo 105, un GTV 2000 de Bertone, en un precioso rojo Alfa. Me pasaba las horas muertas mirándolo, era precioso.

Lo aparcaba en una calle lejos de casa, mi madre y su pareja nada sabían de su existencia, mas aun cuando mi padrastro en un alarde de impresionar a mi madre, hacia poco que se había comprado un Alfetta GTV también en rojo, los primeros que Tayre trajo a Madrid; para su desgracia el día que fue a presumir del coche ante sus amigos se encontró que en el pub más concurrido de Majadahonda los otros 3 Alfettas, uno blanco, otro azul y otro verde, todos ellos de matrículas consecutivas M-DP, que Tayre había importado, se encontraban allí perfectamente aparcados. Yo no dije nada solo sonreía por dentro, se había perdido la emoción de la exclusividad. Además, a mi Giugaro nunca me gustó como diseñador de coches, mi Alfa es de Bertone y los Alfettas de Giugaro.

Dos años pude disfrutar de mi Alfa, lo cuidaba y mimaba, mis amigos y yo lo disfrutamos todo lo que pudimos, lo llenábamos de chicas y nos íbamos a quemar Madrid, era impresionante la cantidad de gente que llego a entrar en ese coche. Una vez un amigo, que ahora es un padre y directivo respetable, y yo, nos fuimos a recoger a todas las chicas  que nos cupieron en el coche a la salida de la discoteca del Casino de Torrelodones , para bajarnos a Madrid a seguir la fiesta, por el trayecto por ser domingo la autopista estaba atascada y en uno de los parones, el coche que se puso a mi altura era mi madre que también bajaba a Madrid, ella miró el coche, yo la mire a ella y jamás nos dijimos nada, no sé si porque no daba crédito a que aquel imbécil con el coche lleno de niñas fuera su hijo o bien porque estuviera inmersa en su pensamientos, el caso es nunca hemos comentado nada de aquel día.

Por supuesto que al poco tiempo de comprar el coche cumplí los 18 y en un solo día aprobé teórico, practicas y conducción, ya era legal, y pude seguir disfrutando de aquel coche. Una noche lluviosa de un día de diario, volviendo de Madrid por la por aquel entonces adoquinada carretera del Plantío, un Volvo se incorporo a la carretera sin advertir mi presencia, al esquivarlo perdí el control de mi Alfa acabando empotrado contra uno de los arboles que bordeaban la carretera, el conductor del Volvo ni se percató, pero mi Alfa murió allí contra un árbol, con la parte trasera completamente destrozada y mi corazón en un puño.

Al poco tiempo comencé mis estudios en la universidad Politécnica y en un acto de generosidad mi padrastro nos regalo el 1430 de mi madre que debía compartir con mi hermana. Pasaron unos años hasta que pude volver a comprar otro coche

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